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El valor de la derrota

Tenía mal perder. No soportaba la derrota. Me suponía toda una humillación ante los demás. Sentirme un perdedor es algo que me resultaba insufrible. Estas sensaciones fueron creando en mí una necesidad, más aún, una obsesión: “vencer”. Sí, definitivamente, el amargo sabor de la derrota no estaba hecho para mi paladar.


Me sabía hecho de un material especial. Observaba a mis compañeros de entrenamiento y me veía a mí mismo muy diferente. Cuando ellos, fatigados, dejaban de esforzarse, yo apretaba los dientes y entrenaba con más ganas aumentando el esfuerzo en cada repetición. Aprendí a esforzarme más que los demás. Estaba convencido que con empeño podría superarlos a todos. Cada gota de sudor que resvalaba por mi barbilla me alentaba a seguir adelante.

Con el tiempo fui mejorando mis capacidades y habilidades. Mi cuerpo cambió y se hizo evidentemente más fuerte y potente. Sin duda, también se fortaleció mi ego y mi autoestima. Comencé a mirar a los demás por encima del hombro. Me sentía mejor que nunca. Los demás parecían envidiarme y alguna vez me pidieron consejo para mejorar. Me sentía en la gloria. En cada victoria, en cada combate ganado (y ganaba todo) me sentía el mejor de todos.

Mi profesor me ofreció la oportunidad de dar clases y de transmitir a los demás mi saber hacer. Aproveché la oportunidad. Hacía mi trabajo y trataba de dejar bien claro a mis discípulos quién era el maestro. Sí, reconozco que mi ego me cegaba y que no lograba ver más allá de mis narices.

Un buen día me enteré de la posibilidad de asistir a un meeting, una reunión especialmente indicada para alumnos aventajados y maestros con cinturón negro. Asístí y un mundo nuevo se abrió ante mis ojos. Conocí a muchos compañeros con mis mismo nivel y a unos pocos maestros. De entre éstos últimos me llamó poderosamente la atención un hombre ya entrado en años que hablaba pausado y siempre decía las palabras justas en todo momento. Su mirada transmitía sosiego y sólo hacía falta echarle un vistazo para comprender que era todo un maestro. Cada técnica la aplicaba con la energía justa y con una suficiencia que dejaba pasmado.

Conseguí que se fijara en mí, incluso que me diera algunos consejos muy valiosos que aún guardo como un tesoro precioso. Ahora, él es mi maestro, y de él he aprendido sobre todo a ser humilde, a esforzarme para autosuperarme, a comprender que no soy mejor ni peor que nadie, que la verdadera victoria consiste, no en “vencer”, sino en “vencerse”.

• “La derrota siempre es posible”.
• “La derrota es una gran maestra”.
• “La derrota es necesaria para mejorar”.
•“La derrota encierra en sí misma una gran energía; si somos listos la aprovecharemos para superarnos”.
• “No perdemos contra los demás, sino contra uno mismo”.
• “Si tiramos la toalla después de una derrota, habremos perdido mucho más que un combate”.
• “Tras una derrota siempre sale malherido nuestro ego. Sin ego no hay dolor por la derrota”.
• “El número de derrotas disminuye con el aumento de nuestras capacidades y habilidades”.
• “El vencedor nos ha hecho ver nuestros fallos y, por ello, le hemos de estar muy agradecidos”.
• "La derrota nos hace ser fuertes y nos enseña a aprender a encajar los golpes".
• "Sin duda, tiene más mérito aprender a perder, porque es mucho más duro y difícil, que aprender a ganar".





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